
El guitarrista disfruta del aplauso, pero no lo necesita, no es por eso que toca. Para tocar la guitarra ante un público se ha de practicar largas horas, largas tardes y largas noches, e incluso algunas largas mañanas, no es rentable. Su música es fiebre, desenfreno, fascinación de piernas, de senos, de poetas, no hay recompensa posible. Lo que toca es el intento de revivir aquella nota que le hizo traspasar el límite de la lágrima.
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