Allá por 1993 o así, mi vida en la Habana de mis amores era casi de ensueño, pasaba los días y las noches cantando y haciendo canciones, cuando no en alguna fiesta, algún concierto o alguna actividad plena y hermosa como la Habana misma en aquellos tiempos especiales, de hambre y poesía. Como todo era mágico no me pareció extraordinario que aquel trovador matancero, tímido, negro, con trenzas, insignificante, nos ignotizara una tarde en el teatro Mella. Lo siento en el alma por los que no estuvieron allí, aquella fue la tarde, el milagro, la magia vestida de guitarra y cantor.
Poco después ya tenía nombre, Raúl Torres, y fans y salía en la radio, circunstancias que no le impidieron escuchar mis canciones, o al menos una de ellas, e invitarme a la Musicada, una especie de reunión de los más "selecto" de la farándula, donde lógicamente Raúl era un ídolo y yo era un marciano. Allí estaban ellos, hinchados de alcohol y más cosas que cuando aquello yo ni conocía, se movían con naturalidad, con gracia, reían, gritaban, jadeaban, alguno de repente imponía respeto recitando algo de su propia cosecha, otros dos se soltaron con un fragmento de una obra teatral de un autor prohibido, la noche fluía y se tambaleaba al ritmo de las olas que con algo de esfuerzo se podían escuchar. Las olas en la calle Calzada, al lado mismo de la Casa de las Américas, siempre son protagonistas. Los habaneros todos hemos tenido un primer encuentro con esas olas enormes que amenazan, pero sólo acarician, desde ese momento vamos con ellas, con su olor, con su rugido. Y yo allí, sentado en el suelo y recostado a una esquina, solo, asustado, con mi camisa azul marino y mi guitarra. La camisa desentonaba de manera insoportable con la Musicada entera, y la guitarra me delataba, había ido allí a cantar, pero esa posibilidad me aterraba y estoy seguro que a más de uno le parecía ridícula dada la situación y mi encaje en ella.
Raúl no había llegado pero el Lechuga, aquel socio suyo con el cual compartía escenario de vez en cuando, aprovechando un instante de confusión en que nadie hacía uso del "escenario", me dijo - dale, es tu oportunidad, toca el tema ese que te escuchamos la otra noche -. En un arranque de valentía me senté en el tocón que hacía las veces de escenario, comencé a simular que terminaba de afinar la guitarra y en realidad no escuchaba una mierda pero me servía para ambientarme un poco. En eso que entró Raúl y se colocó al fondo, saludando a los que se le acercaban y mirando a todos lados como quien quiere llevarse una idea global de lo que ocurre. Alguién habló entonces provocando un densísimo silencio....
- No puedes cantar, ¿quién te ha invitado?, que yo sepa no te conozco ni te he invitado... - Me dice con voz desafiante el dueño de la casa y de alguna manera director de todo aquello, un negrón enorme y pesado donde los haya.
A mis 20 y pocos años reconozco que no tenía armas suficientes para repeler una envestida como aquella, más bien grité para mis adentros un TIERRA TRAGAME! y poco más, estaba sobrepasado... La gente vociferaba, la mayoría a mi favor aunque no todos, y toda aquella confusión me ayudó a recolocarme y sentirme más cómodo, con la situación igual de lejos de mis manos pero menos solo. Fue entonces cuando Raúl intervino diciendo - Lo he invitado yo, si él no canta yo tampoco puedo cantar -. Se hizo un silencio momentáneo y pronto volvieron los gritos, pero esta vez ya era un clamor general exigiendo mi presencia en el tocón, del que me había escurrido instantes antes. Regresé, canté, y cuando lancé el "Vas a tener que amarme, como yo te amo!" final, aquella turba poseída en parte por el ritmo, pero mucho más por la circunstancia, me aplaudió y me aclamó como pocas veces me ocurriría. Es absurda la necesidad que tenemos de esos momentos de gloria, pero es así, nos pasa a los humanos...casi lloro aquella noche, incluso no recuerdo si me hicieron repetir la canción, creo que todos se sentían, nos sentíamos, buenos y auténticos.
Raúl Torres vive ahora mismo en España, creo que en Madrid, si te gusta la música, si crees en la poesía y sientes que el amor, la libertad, el sentimiento y todas las cosas bellas son rescatables y valen la pena, busca un concierto suyo, y no pierdas la oportunidad de conocerlo, Raúl es EL JUGLAR...
Nota: Aquí un enlace con algo de lo último que ha hecho
Raúl Torres...JUGLAR
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1 comentarios:
Esta historia no me la habías contado nunca. Un abrazo.
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